El Condío: Mucho más que "lo que acompaña al pan".
Si alguna vez has oído a alguien decir que se va a preparar un "bocadillo con mucho condío", o has visto a alguien disfrutar de un trozo de tocino con una buena hogaza de pan de pueblo, has presenciado uno de los pilares de nuestra cultura gastronómica más humilde y auténtica.
Pero, ¿qué es exactamente el condío?
El origen y significado
Etimológicamente, la palabra "condío" es una deformación popular de "condido" (del latín conditus, participio de condire: sazonar, condimentar o preservar). Aunque a menudo se asocia erróneamente solo con la palabra "condimento", en el habla rural —especialmente en Extremadura— el término define específicamente al sustento sólido que acompaña al pan.
Históricamente, el condío era el premio, el sabor que hacía "pasar" el pan, que era el alimento base y más accesible. No era solo comida; era una medida de prosperidad: tener "buen condío" significaba que la despensa estaba llena tras la matanza.
El condío por excelencia proviene de la matanza del cerdo. Son productos curados o preservados en manteca que aguantaban todo el año en las orzas y alacenas, esperando el momento de ser untados o cortados:
Tan arraigado está el término en la identidad extremeña que el poeta Luis Chamizo, en su emblemático poema “El chiriveje”, lo utiliza como un piropo cargado de intención, refiriéndose a la gracia y el "sustento" vital de la persona:
Lucero, pan y condío,
espiguina de carne de mis eras....
Chorizo, Morcilla y Lomo: Ya sea en rodajas o en trozos que se cortan a navaja.
El Tocino y el Jamón: Representan el aprovechamiento máximo del animal. Cortados en lascas finas para que "cundan" con la miga, aportan la grasa necesaria para las largas jornadas de trabajo.
El Queso: El orgullo de la cabra
No podemos hablar de condío en tierras extremeñas sin mencionar el queso, principalmente de cabra.
Ya sea un queso curado con su punto picante, o una torta cremosa, el queso es el compañero inseparable del pan de pueblo. Es un condío que no necesita fuego, solo una buena navaja y paciencia para disfrutar de su intensidad.
El Ritual de la Navaja.
El condío no se entiende sin su liturgia. En el campo, el condío se transportaba en el hatillo o la fiambrera de zinc. El ritual comenzaba abriendo la navaja —compañera inseparable del trabajador— y cortando con precisión sobre el pulgar.
No se trata de comer deprisa; se trata de "hacer el bocado". Cada trozo de condío se coloca estratégicamente sobre la miga, a veces presionando para que el aceite o el jugo del embutido penetren en el pan, creando esa simbiosis perfecta que convierte una comida sencilla en un festín.
El arte de la proporción: "Pan con pan, comida de tontos"
Existe una norma no escrita en la cultura del condío: la administración del bocado. Antiguamente, en tiempos de escasez, el comensal debía ser un estratega: había que morder mucho pan y solo un cachino de condío para que ambos terminaran a la vez.
La derrota: Quedarse con un trozo de pan en la mano sin nada de condío.
El exceso: Terminar el pan antes que el condío, algo visto como un desperdicio o una falta de humildad ante la comida.
Una filosofía de vida
Reivindicar el condío hoy no es solo hablar de gastronomía; es hablar de identidad. En un mundo de comida rápida y ultraprocesados, el condío nos recuerda la importancia del producto artesano, del pan de panadería con leña y de la paciencia de la curación.
Es, en definitiva, el arte de convertir un alimento básico en un manjar a través del ingenio y el respeto por lo que la tierra nos regala. El condío es la prueba de que el sabor no está en la sofisticación, sino en la autenticidad.
Hoy, cuando abrimos las cartas de los restaurantes más pretenciosos, solemos leer términos como "Variedad de ibéricos" o "Selección de charcutería artesana" o más común "Selección de ibéricos".
Personalmente, me parece una terminología fría y despojada de su alma. Yo propondría, sin dudarlo, denominarlo simplemente "Condío". Porque esa sola palabra ya encierra el respeto por la matanza, la sabiduría de la dehesa y ese placer inmenso que nació de una navaja afilada y una buena hogaza de pan.
En muchos hogares y cortijos, a esta combinación de pan y acompañamiento se la llamó durante generaciones "el plato de la vida", o simplemente "el plato". No era una exageración: era el reconocimiento de que en esa humilde combinación de alimentos residía la fuerza para trabajar la tierra y la alegría de compartir lo poco que se tenía. Llamarlo "el plato" era otorgarle la categoría de alimento supremo, el que nunca fallaba y el que, por encima de cualquier otro manjar, mantenía viva la memoria de un pueblo.
Valentín Domínguez Cerrillo