jueves, 5 de febrero de 2026

LA PALABRA DEL MES: EL CONDÍO

El Condío: Mucho más que "lo que acompaña al pan".

Si alguna vez has oído a alguien decir que se va a preparar un "bocadillo con mucho condío", o has visto a alguien disfrutar de un trozo de tocino con una buena hogaza de pan de pueblo, has presenciado uno de los pilares de nuestra cultura gastronómica más humilde y auténtica.

Pero, ¿qué es exactamente el condío?

El origen y significado 

Etimológicamente, la palabra "condío" es una deformación popular de "condido" (del latín conditus, participio de condire: sazonar, condimentar o preservar). Aunque a menudo se asocia erróneamente solo con la palabra "condimento", en el habla rural —especialmente en Extremadura— el término define específicamente al sustento sólido que acompaña al pan.

Históricamente, el condío era el premio, el sabor que hacía "pasar" el pan, que era el alimento base y más accesible. No era solo comida; era una medida de prosperidad: tener "buen condío" significaba que la despensa estaba llena tras la matanza.

El condío por excelencia proviene de la matanza del cerdo. Son productos curados o preservados en manteca que aguantaban todo el año en las orzas y alacenas, esperando el momento de ser untados o cortados:

Tan arraigado está el término en la identidad extremeña que el poeta Luis Chamizo, en su emblemático poema “El chiriveje”, lo utiliza como un piropo cargado de intención, refiriéndose a la gracia y el "sustento" vital de la persona:

        Lucero, pan y condío,

        espiguina de carne de mis eras....

Chorizo, Morcilla y Lomo: Ya sea en rodajas o en trozos que se cortan a navaja. 

El Tocino y el Jamón: Representan el aprovechamiento máximo del animal. Cortados en lascas finas para que "cundan" con la miga, aportan la grasa necesaria para las largas jornadas de trabajo.

El Queso: El orgullo de la cabra

No podemos hablar de condío en tierras extremeñas sin mencionar el queso, principalmente de cabra.

Ya sea un queso curado con su punto picante, o una torta cremosa, el queso es el compañero inseparable del pan de pueblo. Es un condío que no necesita fuego, solo una buena navaja y paciencia para disfrutar de su intensidad.

El Ritual de la Navaja.

El condío no se entiende sin su liturgia. En el campo, el condío se transportaba en el hatillo o la fiambrera de zinc. El ritual comenzaba abriendo la navaja —compañera inseparable del trabajador— y cortando con precisión sobre el pulgar.

No se trata de comer deprisa; se trata de "hacer el bocado". Cada trozo de condío se coloca estratégicamente sobre la miga, a veces presionando para que el aceite o el jugo del embutido penetren en el pan, creando esa simbiosis perfecta que convierte una comida sencilla en un festín.

El arte de la proporción: "Pan con pan, comida de tontos"

Existe una norma no escrita en la cultura del condío: la administración del bocado. Antiguamente, en tiempos de escasez, el comensal debía ser un estratega: había que morder mucho pan y solo un cachino de condío para que ambos terminaran a la vez.

La derrota: Quedarse con un trozo de pan en la mano sin nada de condío.

El exceso: Terminar el pan antes que el condío, algo visto como un desperdicio o una falta de humildad ante la comida.

Una filosofía de vida

Reivindicar el condío hoy no es solo hablar de gastronomía; es hablar de identidad. En un mundo de comida rápida y ultraprocesados, el condío nos recuerda la importancia del producto artesano, del pan de panadería con leña y de la paciencia de la curación.

Es, en definitiva, el arte de convertir un alimento básico en un manjar a través del ingenio y el respeto por lo que la tierra nos regala. El condío es la prueba de que el sabor no está en la sofisticación, sino en la autenticidad.

Hoy, cuando abrimos las cartas de los restaurantes más pretenciosos, solemos leer términos como "Variedad de ibéricos" o "Selección de charcutería artesana" o más común "Selección de ibéricos".

Personalmente, me parece una terminología fría y despojada de su alma. Yo propondría, sin dudarlo, denominarlo simplemente "Condío". Porque esa sola palabra ya encierra el respeto por la matanza, la sabiduría de la dehesa y ese placer inmenso que nació de una navaja afilada y una buena hogaza de pan.

En muchos hogares y cortijos, a esta combinación de pan y acompañamiento se la llamó durante generaciones "el plato de la vida", o simplemente "el plato". No era una exageración: era el reconocimiento de que en esa humilde combinación de alimentos residía la fuerza para trabajar la tierra y la alegría de compartir lo poco que se tenía. Llamarlo "el plato" era otorgarle la categoría de alimento supremo, el que nunca fallaba y el que, por encima de cualquier otro manjar, mantenía viva la memoria de un pueblo.


Valentín Domínguez Cerrillo

domingo, 1 de febrero de 2026

Fruta de Extremadura

 Fruta extremeña













"...Cerezas de una en una, recogidas con el esmero de manos sabias..."

Primera productora nacional de fruta de hueso, primera de cereza, segunda de pera... Extremadura es una de las despensas de España. Uno puede llenar la alacena y la nevera con productos de esta tierra y todo lo que coma te provocará deleite. ¿O acaso no resulta delicioso morder delicadamente una cereza roja, picota, sentir su jugo intenso estallando en la boca, empapando de sensualidad dulce y ácida, fresca y húmeda el paladar? O la ciruela claudia, que despierta papilas y te lleva del azúcar al acíbar y otra vez al azúcar... 7.500 hectáreas de cerezos, 6.000 de ellas en el Jerte, dibujan una postal de acuarela en las lomas septentrionales de Extremadura: de los tonos dorados a la intensidad del verde, después, el blanco nacarado, finalmente, un rojo intenso que se oscurece y acaba cayendo, ya fruto, ya casi negro, en la cesta. Cerezas de una en una, recogidas con el esmero de manos sabias, precisas, y ciruelas, melocotones y nectarinas cosechadas en 14.000 hectáreas de frutales. 200.000 toneladas de fruta de hueso que se exportan a 30 países. Extremadura: el postre de Europa. llevando a la sobremesa la delicia, llenando la vida de franca fruta fresca. 

La diversidad natural de Extremadura se sustancia en la fruta. Recorremos una tierra donde cada loma, cada valle, cada llano... encierra una sorpresa. Caminábamos por las cumbres de Gredos entre negras vacas avileñas y en cuanto desciendes, te deslumbra un manto blanco de cerezos en flor. Bajas a las vegas de los ríos y las hileras de árboles frutales te muestran el brillo tenue de acuarelas dulcísimas: del verde al amarillo de la pera, del verde al rojo brillante de la ciruela, los tonos matizados del amarillo del melocotón y la nectarina. Extremadura, diversidad natural, frutal, technicolor. 

Labios de cereza y piel de melocotón. He ahí dos metáforas tópicas de literatos con afición. O el erotismo repetido de la dulce boca que se redondea en cereza. La fruta mueve mucho a la literatura. Es tan fresca. Tiene un brillo tan radiante. Sabe tan jugosa... Erotismo de cereza y sensualidad de nectarina. Los campos extremeños son un libro abierto escrito con zumos frutales. Los melocotones gruesos, rotundos, con apariencia de pómulo soleado con colorete, tientan a los paseantes de París desde sus moldes de papel bordado. Las cerezas, presentadas cual bombones en cestitas, incitan en las calles de Hamburgo y Estrasburgo. Extremadura, erótica diversidad frutal.

La pera se hace agua porque es de agua. La mondas y parece que la carne se licua, se deshace en dulzuras acuosas. La pera extremeña es delicada y dulce. Cuando llega a la boca, basta un empeño nada obstinado del paladar para que la lengua se convierta en licuadora y un zumo narcotizante empape un instante la existencia de sabor. La pera de Extremadura es la mejor frutoterapia para combatir con sensaciones estupendas lo monótono y el tedio. La pera de aquí cabe en la mano, pero cuando intentas explicar su textura y su dulzura, notas que no cabe en la frase. 

Nectarina … De néctar. Fruta de hueso, rotunda redondez de brillo y jugo, carnosa, escurridiza, veraniega. Entretenimiento diletante a la hora de la siesta. Refresco soleado para engañar al sol y solazarse en sombra. Nectarina, alma de macedonia, cóctel de jarabes. Pedazo a pedazo, muerdo a muerdo, la nectarina se disuelve regalando azúcares, esencias dulces y placer hasta llegar al pipo. Néctar, pipo, macedonia... Palabras bellas que evocan el deleite, que convidan a probar lo que pronuncias. La nectarina es un diccionario lleno de vocablos carnosos. La vas abriendo y vas paladeando palabras: jugo, vergel, redonda, rotunda, soleada, fruta. 

En las capitales gallegas venden pulpo por las calles. En las villas de Levante se ven quioscos donde se expende horchata. Marruecos tiene puestos de té en las esquinas. En Extremadura hay ciudades donde los vendedores ambulantes ofrecen fruta en las aceras. Quioscos con cerezas, furgones con naranjas, camiones con melones... Cada tierra vende lo que le caracteriza. A Extremadura le ha tocado el premio de la fruta. Hay quien no se cree esta condición de paraíso. Quien piensa que habiendo llanuras agosteñas, es imposible encontrar a un paso huertas ubérrimas. Pero así es, se llama diversidad y decora las aceras. 

Los romanos lo trajeron y los árabes lo propagaron. El cerezo extremeño es un árbol medieval que se incrementa en el siglo XVIII, se extiende en el XIX y explota en el XX. Ha pasado de ser un frutal más a convertirse en el árbol simbólico de la Extremadura diversa. La encina caracteriza, pero el cerezo avisa de que no todo es dehesa, de que puede haber sorpresa. Y así surge el ¡ooooh! maravillado de la primavera, cuando el Valle del Jerte se engalana y sus carreteras se llenan de automovilistas incrédulos que sólo tras extasiarse creen en el prodigio: Extremadura nunca se acaba. 

Hay cereza temprana y cereza tardía, hay cereza roja y cereza negra... Y hay picota, la cereza especial, la que se desprende de manera natural del pedúnculo, la de color rojo vinoso o rojo púrpura. La cereza picota del Jerte tiene pulpa firme, cruje carnosa y se llama ambrunés, pico negro y otras lindezas que parecen sacadas de un cuento. Aunque para nombre bello, el de la picota navalinda, la que tiene pedúnculo y poesía. La cereza picota es extremeña. Y punto. Nace en valles del Jerte. la Vera y el Ambroz. Y poco más. Se recoge a mano... Fruto a fruto. Fruto a fruto. Fruto a fruto…

En las laderas de los valles septentrionales de Cáceres, los cerezos. El sol los mima y la fruta madura con su calor. La cereza fructifica en el árbol hasta el último momento. Justo el día antes de llegar al consumidor es recogida según usanza tradicional, es decir, una mano sabia la desprende y la deposita en una cesta de castaño. Después, selección. A continuación, control. Más tarde, denominación. Si hay calidad extrema, precinto. Lo siguiente es el viaje hasta el mercado, la compra garantizada, el frutero, el postre, el éxtasis... En la memoria gustativa del ciudadano goloso, la cereza. 

José Ramón Alonso de la Torre (2009), páginas 128-139, Alimentos de Extremadura, España
Alejandra Suarez Sánchez de León para Grupo Ros

Datos a fecha de realización del libro, año 2009