Una historia y una receta, por Valentín Domínguez
Si a cualquiera le da por buscar el término en un recetario general, es muy probable que San Google lo mande a la huerta de inspiración mudéjar, hablándole de pimientos y berenjenas asadas. Pero si uno viaja al suroeste de Badajoz, cruza las murallas de la imponente y templaria Jerez de los Caballeros, y allí, rodeado de majestuosas torres pide un almorraque en la barra de un bar, lo que le van a poner delante es una religión completamente distinta. Una que rinde culto, como no podía ser de otra manera en estas tierras, al ibérico y a la dehesa.
El Almorraque jerezano es, en esencia, un prodigio de contrastes. Por un lado, una base fría de picadillo de tomate y cebolla, alegremente bendecida con sal, un buen AOVE de la tierra y la acidez limpia y directa de un vinagre de vino blanco (de pitarra, a ser posible). Por el otro, el rey de la fiesta: el pestorejo o la oreja.
El milagro ocurre cuando la carne, cortada a la carrera y aún humeante, se vuelca sobre el picadillo frío. El colágeno caliente se derrite al contacto con el vinagre y el jugo del tomate, creando una salsa improvisada que es un auténtico escándalo. Un plato de resistencia veraniega, de taberna auténtica, ideal para rebañar con un buen pan y un trago de Ribera del Guadiana.
¿Encendemos las brasas? Pasen y apunten, que aquí va la receta definitiva.
Ingredientes:
- Tomates de la huerta bien maduros.
- Una cebolla blanca
- Pestorejo (u oreja)
- AOVE
- Vinagre
- Sal
Elaboración:
- Picar finamente tomates maduros pero firmes de la huerta y una buena cebolla. Colocar esta base fresca en una fuente honda.
- Regar generosamente con sal, un buen aceite de oliva virgen extra (Monterrubio o Manzanilla Cacereña, que le van de cine) y un chorro generoso de vinagre de vino blanco (estilo pitarra), evitando crianzas en madera para mantener la frescura.
- Asar el pestorejo o la oreja a fuego vivo en la parrilla (o directamente sobre las brasas) hasta que los bordes queden bien churrascaditos, crujientes y con ese toque ahumado tan característico de los bares jerezanos.
- Trocear la carne crujiente e inmediatamente volcarla sobre el picadillo aliñado.
- Es inevitable echar barquitos.
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